Las donaciones y su relación de intercambio

En general podemos decir que, si hay una actitud que identifica ciertas relaciones y transacciones como ilegítimas, depende en gran medida de la legitimidad o aceptación de la estructura existente de relaciones de intercambio. El esclavo es un caso extremo de relación de intercambio que es considerada como demasiado insatisfactoria para ser legítima. Observamos el mismo fenómeno de forma más suave en el sentimiento, que los agricultores han tenido casi universalmente, de que la relación de intercambio para la agricultura es demasiado insatisfactoria e implica, por lo tanto, algún tipo de explotación. Como dice la vieja canción: «El campesino viene a la ciudad con su carromato roto, pero el campesino es el hombre que da de comer a todos.» Los agricultores han sentido que estaban explotados, ya que su producción de alimentos, sin la que la sociedad no podría existir, es recompensada con una retribución inadecuada de otros bienes. 

Este sentido de la ilegitimidad puede hacerse particularmente fuerte cuando el agricultor ve que una parte considerable de su producto va a mantener a los terratenientes, quienes parecen darle muy poco a cambio. No es sorprendente que el pago del arrendatario se vea a menudo como una explotación; o sea, una donación del agricultor pobre al rico terrateniente. Los pagos de intereses también le parecen a menudo al que los paga como una donación suya al prestamista, la cual puede ser considerada como ilegítima. El prejuicio medieval contra la usura y la extraordinaria acrobacia intelectual empleada para distinguir el interés legítimo del ilegítimo son buenos ejemplos del principio de que lo que se percibe como una donación ilegítima es también percibido como una explotación.

No podemos analizar mucho más la explotación sin referirnos a la obra de Karl Marx, cuya importancia reside principalmente en el hecho de que sistematizó el concepto y, por lo tanto, afectó profundamente los procesos de legitimación y deslegitimación. Marx plasmó en un sistema los sentimientos, más bien incoherentes, sobre la explotación que la gente había tenido durante mucho tiempo. El instrumento con el que logró este sorprendente resultado fue la teoría del valor del trabajo incorporado. Esta teoría mantenía que el valor de un bien se mide por la cantidad de trabajo incorporado en el mismo; esto es, el trabajo que se ha empleado en producirlo en circunstancias que pueden considerarse como normales, o, en términos marxistas, el trabajo «socialmente necesario». Adam Smith y David Ricardo idearon originalmente esta teoría con fines totalmente diferentes, principalmente como una primera aproximación a la teoría de los factores determinantes de una estructura de precios relativos de equilibrio. Si fuera a explicar a un niño inteligente por qué un automóvil cuesta en el mercado aproximadamente 10.000barras de pan, al menos no sería una mala primera aproximación decir que lleva 10.000 veces más trabajo hacer un automóvil que una barra de pan.

Pero en manos de Marx la teoría del valor trabajo se convirtió en la teoría de la explotación. Su teoría puede resumirse simplemente diciendo que el trabajo lo produce todo, pero que quien lo produce no recibe todo lo que proporciona porque una parte del producto pasa a los propietarios terratenientes y capitalistas. Marx consideraba esto como una donación ilegítima de la clase trabajadora a los propietarios, que se realiza como resultado de la estructura de poder de la sociedad capitalista. Los propietarios controlan el sistema organizado de coacción interna de la sociedad y, consecuentemente, controlan aquellos procesos estatales que protegen y perpetúan un sistema de propiedad privada. Y de esta forma son capaces de evitar que la clase trabajadora emplee el Estado para apoderarse de los productos de que disfruta la clase propietaria.

No podemos entrar aquí detalladamente en este razonamiento sutil y complejo; se ha escrito suficientemente sobre ello en otros lugares. En cualquier caso, debe señalarse en nuestro análisis que Marx consideraba que la economía de intercambio, bajo condiciones de propiedad privada de los medios físicos de producción, produce una estructura de precios y salarios que crea esta transferencia ilegítima de «plusvalía», de la clase trabajadora a los propietarios. La «plusvalía» puede definirse a grandes rasgos como la diferencia entre lo que la clase trabajadora produce y lo que recibe en salarios. El verdadero modelo teorético que empleó Marx era el de un caso tan extremadamente especial que pocas veces ha tenido aplicabilidad en el mundo real, aunque hay sociedades para las que tiene sentido como primera aproximación. En el sistema de Marx, los salarios están determinados por un modelo del nivel de subsistencia que tomó, bastante poco críticamente, de los economistas clásicos (siendo el nivel de subsistencia aquel nivel de salarios reales con el que la clase trabajadora está exactamente capacitada y deseosa de subsistir y reproducirse). Como la acumulación de capital aumenta la productividad, ésta aumenta el producto total de la sociedad por habitante, pero no los salarios reales, a causa del mayor poder de negociación de la clase capitalista. Por tanto. la proporción del producto total que pasa a los propietarios aumenta continuamente, haciendo eventualmente que el sistema se desmorone en ruinas.

La teoría del valor del capital

Teoría del producto total del trabajo 

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