
No es absurdo en modo alguno poner a Marx sobre su cabeza y desarrollar una teoría del valor del capital, afirmando que el trabajo por sí mismo no produce nada, de igual forma que las materias primas en el suelo no producen nada. Es el proceso de organización por medio del que se alquila, emplea y dirige el trabajo, por el que las materias primas son reunidas, por el que la maquinaria y los edificios son reunidos, y por el que los procesos de producción son organizados, lo que de hecho crea el producto; el trabajo en sí es una masa inerte apenas capaz de arrancar una pobre existencia de los bosques. El organizador que realmente crea el producto tiene que ser poco menos que un propietario o un controlador de la propiedad.
Tanto en países socialistas como capitalistas tenemos el espectáculo de la famosa «separación de la propiedad del control»3, que parece necesaria si los procesos de producción han de ser organizados, aunque sólo sea porque aquellos que poseen la propiedad pocas veces son buenos controlando, y aquellos que son buenos controlando pocas veces tienen la propiedad. En las sociedades capitalistas esta organización se logra a través de las operaciones en los mercados financieros, por medio de instrumentos tales como la deuda, los bonos y las acciones. Un buen administrador o una buena organización de administradores pueden controlar una cantidad mucho mayor de activos de los que ellos mismos poseen: tomando dinero prestado, emitiendo obligaciones o acciones. Los accionistas tienen algunos derechos sobre el control último de la empresa, pero es bien sabido que estos derechos rara vez son ejercidos, y que la mayor parte de las empresas están llevadas por un grupo de administradores que se perpetúa a sí mismo. Las cosas no son muy diferentes en los países socialistas. Se supone que el pueblo en general posee el capital social físico de la sociedad, pero generalmente no tiene ni siquiera los derechos formales del accionista. Frecuentemente hay una amplia discusión del plan económico, pero las decisiones últimas residen en un grupo muy pequeño de administradores y la teórica propiedad por parte del pueblo resulta ser un control sorprendentemente pequeño. Las organizaciones componentes de los dos tipos de sociedad también presentan muchas similitudes. En su estructura organizativa, e incluso en muchos de sus procesos de adopción de decisiones, el monopolio del acero soviético no es muy diferente de la United States Steel Corporation, y casi no difiere de sociedades anónimas tales como la Lockheed o la Martin Aircraft, que obtienen casi todos sus ingresos y una gran parte de su capital del gobierno de Estados Unidos.
La diferencia esencial entre los dos tipos de sociedad y esto será significativo incluso al distinguir entre, por ejemplo, Suecia como uno de los más socialistas de los países capitalistas, y Yugoslavia, como uno de los más capitalistas de los países del «campo socialista» reside en la existencia o no existencia de un mercado de capitales privado, que de nuevo nos remite a la cuestión de la legitimidad en la sociedad de este tipo de intercambio y organización. La sociedad anónima capitalista puede crecer si tiene éxito en la realización de beneficios; esto es, si puede revalorizar con éxito sus productos en el momento de la venta, de forma que los ingresos sean superiores a los costes. Y puede crecer por medio de la no distribución de sus beneficios o acudiendo al mercado de capitales donde vende acciones, obligaciones o pagarés. Por medio de cualquiera de estos instrumentos puede aumentar el volumen total de activos que controla. De igual forma, un monopolio socialista, si desea expandirse, debe participar en el equivalente socialista del mercado de capitales: el organismo estatal que desembolsa los fondos de inversión.
Lo que se necesita angustiosamente en esta controversia es algún tipo de análisis coste beneficio de los sistemas alternativos, y aunque puede no ser posible hacer esto de forma tal que resuelva la controversia, al menos ciertos pasos en esta dirección serían fructíferos. Hay muchos elementos en cada sistema sobre los que es difícil establecer una valoración, y puede haber desacuerdo sobre los elementos de los propios sistemas. Pero si las cuestiones pueden retirarse del campo de la controversia ideológica y llevarse a la del análisis ponderado, obtendríamos al menos un conocimiento más profundo sobre el tema. Un análisis de los sistemas también señalaría aquellos puntos en que una mejora de los datos aumentaría nuestra capacidad de evaluación de los dos sistemas. Un análisis provisional podría expresarse en forma tabular de la siguiente forma: No hay que concluir este capítulo sin echar una breve mirada a los argumentos que han sido empleados por los economistas clásicos y neoclásicos para incorporar la renta del capital esto es, el beneficio y el interés al marco general de la economía de intercambio. La cuestión crítica es si los intereses y los beneficios se pagan «por algo»; esto es, si son parte de una relación de intercambio o si son una donación o transferencia unidireccional como sugieren los marxistas. El primer economista prominente que prestó mucha atención a este problema fue Nassau Senior’, quien afirmó que la renta del capital está pagada en concepto por algo llamado «abstinencia». El capital era adquirido en el caso individual por el ahorro, esto es, consumiendo menos de lo que permite la renta.
