Teoría del producto total del trabajo 

Si ahora aceptamos una teoría pura del valor trabajo, o lo que mejor podría llamarse «teoría del producto total del trabajo», entonces tenemos que negar la productividad de la propiedad del capital. Esto es, tenemos que negar que el capitalista, a través del tipo de propiedad o control que disfruta, puede aumentar el producto de la sociedad por medio de sus actividades. En realidad, Marx afirmó que había un tipo de «trabajo de administración» que contribuía al producto como cualquier otro trabajo. Sin embargo, negaba que la institución de la propiedad privada contribuyera al producto, siendo éste en realidad el núcleo de la controversia. Si consideramos el producto total como producido mecánicamente por la agregación de actos específicos de trabajo, entonces, evidentemente, la propiedad como tal no tiene una función, aunque la administración puede tener un papel que desempeñar.

Vimos anteriormente que la definición de una estructura de donaciones implícitas se basa en un concepto de una norma, de la que el sistema existente de distribución del bienestar representa una divergencia. El problema real de la controversia marxista, por tanto, es si hay otras formas de organización social que sean tan productivas como el sistema de organización basado en la propiedad privada. Esta pregunta no puede realmente contestarse a priori; de hecho, puede no ser apta para una respuesta definitiva, simplemente porque no conocemos todas las formas alternativas de organización social. Ciertamente no podemos descartar la posibilidad de alguna invención o mutación social, todavía no surgida, que podría de hecho ser más productiva, en algún sentido aceptable de la palabra, que una organización basada en la propiedad privada. Por el momento el caso contrario a la propiedad privada, al menos en alguna forma limitada y controlada, tiene que considerarse como “no probado”, en palabras del antiguo criterio escocés. Por ahora se están desarrollando una amplia gama de tipos de organización de la sociedad. Los tipos ideales del capitalismo puro, basado en el mínimo necesario de sector público para proporcionar bienes públicos limitados y seguridad para la propiedad privada, y el socialismo puro, basado en la propiedad y administración estatal de todos los recursos económicos, son conceptos abstractos sin ejemplos en el mundo real. En su lugar, tenemos una gran variedad de estados intermedios, que de hecho son bastante difíciles de clasificar dentro de esta simple gama. En muchos sentidos, por ejemplo, la capitalista Alemania Occidental se parece más a la comunista Alemania Oriental que a Estados Unidos, o Alemania Oriental a la Unión Soviética.

Por supuesto, la pregunta crítica es, ¿qué queremos decir con productividad de las instituciones? Tenemos que contestar esta pregunta en términos dinámicos. Una contrastación es si las instituciones producen crecimiento económico real. Esto no es necesariamente lo mismo que un aumento en el PNB por habitante, aunque éste es al menos un punto desde el que comenzar el intento de medición de las realidades del verdadero crecimiento neto del bienestar. Como algunos países con un alto grado de capitalismo y otros países con un alto grado de socialismo han experimentado crecimiento económico, está claro que la evaluación de las instituciones económicas y sociales por estos criterios puede, fácilmente, ser muy ambigua. En realidad, nuestras evaluaciones pueden depender mucho más de los criterios que no entran en las estadísticas económicas que de los que sí entran. Respecto a la igualdad y a la distribución de las rentas reales, especialmente del bienestar económico real de las economías domésticas, las sociedades de mercado libre, y las que podrían llamarse sociedades «socialistas de empresa», tales como la Unión Soviética y la Europa del Este, e incluso Corea del Norte, no son significativamente diferentes habida cuenta de las diferencias en sus niveles de desarrollo. 

En algunos sentidos la igualdad de las rentas depende más de la naturaleza de la combinación de productos y de la tecnología de la sociedad que de sus instituciones formales o incluso de su economía de donaciones. Una sociedad con automóviles para casi todo el mundo, ropa producida en serie, una agricultura desarrollada con abundantes alimentos, y viviendas producidas en serie es casi inevitablemente igualitaria en comparación con una sociedad en etapas anteriores de desarrollo en la que sólo una proporción muy pequeña de la sociedad puede ser siquiera clase media. Respecto a los bienes de consumo, es bastante probable que los países socialistas sean menos igualitarios que los países capitalistas, simplemente porque estos últimos son en general más ricos. Los países socialistas están todavía en la etapa en que un automóvil, por ejemplo, es un privilegio de unos pocos. Las viviendas que han sido construidas en el siglo xx, tanto en países capitalistas como socialistas, son claramente igualitarias. Ahora construimos casas por pisos o grandes suburbios en lugar de palacios, y es probable que tanto los países socialistas como los capitalistas en el mismo nivel tengan aproximadamente la misma proporción de personas situadas en lo que podría llamarse viviendas «por debajo de la norma» y ambientes «por debajo de la norma». Históricamente, toda la discusión entre el capitalismo y el socialismo, al menos la de tipo convencional, parece haber terminado en un empate, y la causa de esto es que la teoría del valor trabajo está, sencillamente, equivocada. El producto no se produce meramente por trabajo sino por una enorme interacción de personas en el sistema de comunicación, algunas de las cuales pueden estar organizadas por medio de la propiedad y el intercambio privados, y otras por una economía de donaciones públicas. 

Las donaciones y su relación de intercambio

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