
Debemos hacer un esfuerzo por comprender la diferencia entre los reformadores sociales de propensiones políticas por un lado y el filósofo sensualista por otro que los conduce, aunque de común acuerdo en principio, a resultados diferentes. Quesnay había dicho: “Tal grupo [el de los agricultores] produce riquezas mediante el cultivo: el otro [comerciantes y artesanos] las prepara para su disfrute; aquellos que las disfrutan pagan a ambos”. Ahora, mientras Dupont y Le Mercier desarrollaban el primer aspecto de esta tesis, Condillac proseguía el segundo: en tanto los reformadores sociales de propensiones políticas pensaban en categorías objetivas y sociales, el filósofo individualista debe ser interpretado a la luz del subjetivismo y del sensualismo; las dos doctrinas se miran entonces como complementarias y no antagónicas. La primera dice: en nuestra sociedad sólo la agricultura produce rentas; la segunda: para el consumo, todas las mercancías de primer orden, son importantes. Tenemos frente a nosotros, no soluciones contradictorias de un problema, sino soluciones independientes de problemas distintos. En un estrato más profundo de su pensamiento aun Condillac y Le Trosne estaban de acuerdo; esto es manifiesto en doctrinas tales como sus teorías de la tributación.
Se manifiesta sobre todo en el dogma que tan profundamente influyó el futuro curso de las doctrinas económicas: cl dogma del ordre naturel como el “orden… evidentemente más ventajoso para el género humano”. En la interpretación de estas ideas, la tesis dc que la “fisiocracia fue un movimiento en contra del colbertismo “es parcialmente aplicable sólo en parte porque un análisis más profundo conduciría a la concepción de que existió una franca unidad de propósitos entre los sistemas mercantil y agrícola. Sin embargo, es verdad que Quesnay basaba su programa de reforma agraria sobre la aseveración de que la riqueza nacional florece únicamente bajo el libre comercio y declina donde prevalece la intervención estatal.
Un gran Estado no debe dejar que el arado se convierta en carreta. Es imposible olvidar que un ministro del siglo pasado, cegado por el comercio holandés y el esplendor de los fabricantes de artículos de lujo, ha lanzado a su país a tal grado de tontería, que la gente sólo habla de comercio y moneda… Este ministro … trastornó el orden económico total de una nación agrícola. El comercio exterior de cereales se suspendió para capacitar al obrero a vivir más barato; la venta de trigo dentro del reino se entregó a una política arbitraria que impidió eI comercio entre las provincias. Los protectores de la industria… por un error de cálculo, arruinaron a sus ciudades y provincias mediante úna insensata disminución del cultivo del suelo: toda la destrucción.
¿A dónde había conducido Colbert a Francia? Ya Fénélon en 1699, anticipándose a Quesnay, había dado una respuesta impresionante a esta pregunta: “Una gran ciudad densamente poblada con artesanos ocupados en suavizar los modales mediante los goces de la vida, si está circundada por un reino pobre y mal cultivado, parece on monstruo cuya cabeza es enorme, pero cuyo cuerpo, agotado y privado de alimento, no tiene proporción con aquélla”. En tales circunstancias parecía necesario para la salvación de la agricultura asegurarle un bon prix a los productos agrícolas y para ello la manera más obvia y adecuada era la abolición de las medidas que se habían introducido expresamente con el objeto de conservar baratos los granos. “de ninguna manera es necesario decía Boisguillebert cincuenta años antes de Quesnay, hacer milagros, sino sólo cesar de estar continuamente violentando a la naturaleza… Laissez faire la nature et la liberté!” La libertad natural dispondrá todo para lo mejor, aunque Boisguillebert y Quesnay esperaban de ella, por una parte, un incremento de las cosechas a través de una transformación de la producción y, por otra, un aumento de precios transformando el mercado. Sin embargo, las buenas cosechas y los precios elevados garantizan el bienestar de una población rural. De aquí el enigmático fallo de Quesnay: “La baratura unida a la abundancia no significa riqueza; carestía con escasez, es miseria; abundancia con carestía, es opulencia”.
Este liberalismo de los fisiócratas aparece a primera vista como una completa contradicción al intervencionismo de los mercantilistas y, por lo tanto, la interpretación común del sistema más reciente como una antítesis de la doctrina más antigua. Pero en realidad, Quesnay era sólo el ejecutor del testamento de Colbert. Para finales del siglo XVII el desarrollo de la economía de cambio se había alcanzado en Francia parcialmente, sólo en lo que respecta al comercio y la industria. La agricultura seguía siendo feudal. Lo que pretendía el siglo XVIII cosa que nos encontramos en casi cada página de la literatura fisiocrática como el más caro deseo de la secte économiste es la asimilación de la producción agrícola a las condiciones capitalistas; de aquí el cumplimiento de la misión histórica del mercantilismo. Quesnay deseaba confiar la agricultura a los empresarios capitalistas: “Las ventajas de la agricultura dependen … de la acumulación de la tierra en grandes fincas, traídas a su más alto valor por ricos hacendados. No nos representamos al hacendado como un labrador que trabaja el suelo con sus manos; es un empresario que da órdenes”. Pero una producción capitalista de tal naturaleza tiene precios lucrativos por su presuposición, y éstos sólo pueden lograrse mediante la caída del intervencionismo. Así en condiciones diferentes y con nuevos recursos, todavía se esfuerzan hacia los antiguos fines. Libertad de producción y libertad de mercado: de estos dos sobrios postulados de la política económica emerge el sublime postulado ordre naturel de la doctrina fisiocrática. Las palabras del más viejo de los Mirabeau de que las leyes que se conforman a la naturaleza son innecesarias y que las que la contradicen son impracticables, forman la transición del programa político concreto al sistema filosófico abstracto. Sin embargo, la idea de sistema y el sistema de ideas del ordre naturel no son de la propiedad exclusiva de Quesnay, sino que son la común base de la economía clásica: ellas encuentran su expresión más pura en la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones de Adam Smith.
