
La transformación de la vida económica es un proceso real y político, su interpretación, sin embargo, un caso individual e ideal. Por lo tanto, su análisis y explicación debe partir de una base diferente. Esta base intelectual la encontramos en la concatenación mutua de todos los fenómenos sociales en un momento dado. La vida de una época constituye una grande y comprensiva unidad cuyas partes se corresponden y son, por lo tanto, inteligibles una a otra. Esto es particularmente cierto de la realidad económica y de la doctrina económica: la realidad económica está condicionada por la mente, porque es el hombre pensante quien la crea y moldea; la doctrina económica está condicionada por hechos porque interpreta fenómenos objetivos. Esta necesaria concatenación, sin embargo, para cuya caracterización uno se siente tentado a pedir prestada de las matemáticas la idea de relación funcional, sólo puede ser defendida si nos concentramos en un punto fijo en el tiempo. Porque todo está en un estado de flujo, y no importa cuán corto pueda ser el periodo, la forma y esencia de la vida son a su fin diferentes de lo que fueron a su principio. Por lo tanto, una descripción y análisis del progreso y desarrollo del pensamiento económico que descanse sobre la idea de la relatividad histórica, debe siempre procurar un corte transversal a través del desarrollo y entonces las cosas y los pensamientos no aparecerán conectados ni relacionados unos a otros en la acción y reacción, sino como meramente condicionados.
Esta dependencia esencial o más bien interdependencia, puede reconocerse, sin embargo, como mutua en el sentido amplio del vocablo, si consideramos la realidad económica y la doctrina económica como categorías entrelazadas: la realidad económica para todo el aspecto real y la doctrina económica para todo el aspecto ideal de la economía social. Si únicamente nos interesa la historia de la economía política la realidad aparece como condicional y la ciencia como factor de condicionamiento, sencillamente debido a que la ciencia económica como tal, no se interesa en la transformación de la vida económica, y se muestra satisfecha si logra descubrir y explorar las leyes de los distintos sectores económicos. Con esta limitación, y sólo con dicha limitación, les verdadera la comparación de Cournot que representa como similar la relación entre el economista y la economía a la relación que existe entre el gramático y el idioma, la labor del gramático está condicionada al lenguaje cuyas leyes pretende percibir, y no existe ninguna dependencia en dirección opuesta; en este caso la ciencia es tan solo una ancilla vitae. Esta actitud, sin embargo, no implica materialismo alguno; de la misma manera en que el poeta transforma el lenguaje el político de la ciencia económica transforma el. sistema económico; lo único que debemos hacer si nos disponemos a escribir una historia de la gramática o de la ciencia económica, es discernir entre poeta y gramático, entre el político de la ciencia económica y el teórico en el campo de la economía, aun cuando aparezcan ocasionalmente las dos funciones en la misma persona. Al hacerlo nos daremos cuenta rápidamente de que el desarrollo del lenguaje y de la economía obliga continuamente a las ciencias a cambiar su contenido doctrinal; de que las expresiones de la mente se encuentran condicionadas por la vida real.
Dijimos condicionadas. ¿Podríamos adelantar un paso más y decir determinadas? Aquí tocamos el problema del libre albedrío y es justo confesar: Ignoramus, Ignorabimus. Pero una cosa es cierta: en tanto que la filosofía y la psicología no han establecido el principio del determinismo, nosotros, como historiadores, no debemos nunca postularlo. Nuestra personal experiencia nos enseña que, encarados con un problema difícil del presente, decidimos una u otra solución sólo hasta después de una larga y penosa lucha interna y aun después de haber decidido no estamos del todo libres de dudas. No hay razón para suponer que los pensadores del pasado estuvieron en una situación diferente. Sin embargo, los problemas que se presentan a la economía científica, se originan en la vida económica y sus soluciones debe confirmarlas la vida económica. Por lo tanto, la libertad no puede ser entendida como arbitrariedad: únicamente entre las posibilidades de explicación que admite la realidad estamos capacitados para escoger. Aunque podamos suponer que estamos libres en el momento de nuestra elección, tal como la experiencia parece sugerir, y los deterministas son incapaces de probar lo opuesto, no obstante, esta libertad de elección perece una vez que la hayamos ejercitado. La posteridad ignora la lucha interna del pensador; únicamente conoce el pensamiento que se ha hecho historia. El elemento individual y libre ha desaparecido y sólo queda visible el elemento real y predeterminado. En esa forma las doctrinas de Petty o Cantillon estuvieron en su tiempo condicionadas por las circunstancias y aparecen en nuestro tiempo determinadas por ellas. Es la perspectiva histórica la que nos permite adelantar la aseveración de que las ideas están condicionadas por la realidad a la afirmación de que están determinadas por ellas a condición de que no olvidemos que la formación de las ideas nunca ha sido en su tiempo sujeto a necesidad absoluta.
Basta lo anterior en cuanto a la interpretación de las teorías económicas de acuerdo con su contenido. Comprender la forma en que han sido presentadas es tarea más del biógrafo que del historiador. Aquí tiene su lugar el elemento de individualidad: el entusiasmo con que Ferrara pronuncia la palabra libertad se hace comprensible cuando nos ente ramos que languideció en las mazmorras de los borbones; el fervor con que Bastiat predica el evangelio del optimismo se explica por el hecho de que ardía un morbo en su pecho que llenaba de confianza a sus víctimas; pero el hecho de que ambos propagaban la ideología del liberalismo y la idea del liberalismo en sí tiene su causa última en la historia de esa época en que cl orden económico parecía ser, y era, un grande c ingenioso sistema de colaboración de acuerdo con leyes super individuales, cuya libre acción, dadas las circunstancias, invitaba necesariamente a un optimista panorama del mundo.
