Las donaciones y su importancia política 

La naturaleza artificiosa de las donaciones tiene importancia política porque significa que el conflicto político se apoya en gran medida en una ignorancia universal acerca de las consecuencias, ya que las personas beneficiadas por cualquier acto o política determinados rara vez son las que se han opuesto. Esto podría llamarse «ley de la ironía política». Mientras que el concepto general de una economía de donaciones implícitas es claramente relevante y significativo, su definición es difícil, ya que requiere establecer un sistema de precios «sin donaciones» como norma, las divergencias respecto al cual formarían la economía de donaciones implícitas. En el concepto de estructura de los costes de oportunidad, tenemos algo que se aproxima a esa norma esto es, la cantidad del bien A a la que ha de renunciarse con el fin de producir una unidad más del bien B. Si los recursos liberados al no producir uno de los famosos castores9 de Adam Smith pudieran entonces utilizarse para producir dos ciervos, no sólo habría una fuerte tendencia a que dos ciervos se intercambiasen por un castor en el mercado, sino que, si los precios de mercado no estuvieran en esta proporción, uno de los dos sectores sería más rentable y los recursos se transferirían a éste desde el otro. Por lo tanto, podemos tener cierta confianza al suponer que si, por regulaciones estatales u otras circunstancias, el precio relativo del castor se mantuviera más elevado que éste y el precio relativo del ciclo más bajo, los cambios resultantes en la distribución de la renta representarían una donación implícita de los productores de ciervos a los productores de castores. No obstante, la medida de estas donaciones implícitas es un problema empírico y estadístico muy difícil. 

Una de las curiosidades del concepto de la economía de donaciones es que parece suscitar una gran ansiedad y hostilidad entre muchos economistas tradicionales. Admito que estoy algo confundido por esto, ya que la economía de donaciones me parece una ampliación muy natural y evidente del marco de pensamiento existente en la ciencia económica y las ciencias sociales en general. De hecho, todo el concepto parece tan obvio que es difícil creer que no se haya desarrollado anteriormente. Sin embargo, la misma hostilidad que suscita el concepto sugiere que contiene una novedad suficiente como para, al menos, trastornar a aquellos cuya ciencia económica está estrictamente confinada a los conceptos de la economía de intercambio. Naturalmente, la única prueba de la tarta consiste en comerla, y espero que esta introducción demostrará la utilidad de considerar el concepto como una evolución natural del marco conceptual existente en la economía y las demás ciencias sociales.

En los últimos años hemos observado un gran interés, especialmente entre los científicos políticos y los sociólogos, por el marco teórico de la economía de intercambio, y se han realizado varios intentos fructíferos de aplicar este marco al campo más amplio de todas las relaciones sociales y políticas. Algunas veces he llamado a este movimiento el «imperialismo de la economía», ya que hay ocasiones en que parece un intento por parte de la ciencia económica de apoderarse de todas las demás ciencias sociales. Sería desastroso que las ciencias sociales se unificaran únicamente alrededor del concepto de intercambio sin reconocer que el intercambio, incluso en su forma más general, es sólo uno de los organizadores sociales, y que la donación como organizador es incluso más importante a medida que nos movemos desde la economía hacia la sociología y la ciencia política.

La dinámica de la economía de donaciones los procesos por los que crece, disminuye, o cambia de forma, fuentes o recipiendarios es tan compleja como para abarcar a la dinámica de toda la sociedad, y es probable que los modelos dinámicos específicos no sean muy útiles en este problema. No obstante, podemos observar ciertos patrones y al menos trazar algunas relaciones hipotéticas. Así, es probable que la eficiencia percibida de las donaciones sea una variable importante. La eficiencia es la relación entre el beneficio percibido por el recipiendario y los costes percibidos por el donante. Así, si al sacrificar un dólar percibo que mejora la posición de alguien en cuatro dólares, mi percepción de la eficiencia de la donación es 4. Si percibo que, al sacrificar un dólar, sólo mejora la posición de otro en cincuenta centavos, mi eficiencia percibida es 0,50. Evidentemente, cuanto mayor sea la eficiencia percibida, más probable es que ampliemos el total de nuestras donaciones y también es probable que ampliemos éstas en la dirección en que percibimos la mayor eficiencia. En realidad, la inclinación a realizar donaciones depende de dos factores principales: uno, la percepción de la eficiencia de la donación; y otro, el grado de identificación con el bienestar del recipiendario, esto es, el grado de benevolencia hacia él. Pero estos procesos mediante los que captamos la malevolencia o benevolencia y de los que derivamos nuestras percepciones de la eficiencia son complejos y misteriosos y no pueden reducirse a un modelo sencillo cualquiera. 

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