
La situación evaluativa se hace aún más difícil cuando introducimos la contracoacción; esto es, la represalia. En el ejemplo anterior, B puede responder no sólo con la sumisión o el desafío, sino por medio de una contracoacción, diciéndole a A: «Si me haces algo malo, te haré algo malo, así que no voy a darte nada». La contracoacción puede restablecer el statu quo anterior a la introducción de la coacción y es probable que disminuya el tributo. Recordemos el famoso slogan americano de «millones para la defensa, pero nada para el tributo». Por otra parte, bajo muchas circunstancias, el tributo es más barato que la defensa; el coste para B de producir una contracoacción creíble sería mayor que el tributo que ha de pagar a A en respuesta a su coacción. En realidad, si esto no fuera así, nadie pagaría impuestos y el Estado sería un imposible.
Una complicación adicional se introduce en el sistema por el hecho de que la credibilidad de las coacciones es lo significativo para afectar al comportamiento, y esta credibilidad frecuentemente tiende a depreciarse si las coacciones no se llevan a cabo. En primer lugar, la credibilidad sólo está ligeramente relacionada con la capacidad, y la propia capacidad es una función de dos variables: los medios y la voluntad. A puede estar armado hasta los dientes, pero puede no tener la voluntad de emplear las armas. Allí donde las coacciones no se ejercen, aunque existan los medios físicos de llevar a cabo la amenaza, la voluntad puede erosionarse y la parte coaccionada puede creer que se ha erosionado incluso cuando no sea así. Por consiguiente, en cualquier sistema coactivo hay una probabilidad positiva de que la coacción se lleve a cabo. Tanto la sumisión como la represalia pueden erosionar el desafío. Por lo tanto, al estimar el coste del sistema coactivo la probabilidad de la puesta en práctica real de la coacción debe tomarse en consideración. Toda la historia de las relaciones internacionales es un testimonio de este principio. La guerra es siempre una ruptura de un sistema de disuasiones o la ruptura de un sistema de sumisión coacción. Es fácil probar que la amenaza estable es imposible a largo plazo, ya que, si fuera realmente estable, cesaría de provocar temor. Esto es, si la probabilidad de que las coacciones se lleven a cabo fuera cero, pronto desaparecería su credibilidad. No obstante, si hay una probabilidad positiva de que las coacciones se lleven a cabo en un período de tiempo suficientemente largo, serán llevadas a cabo. Así, los costes de que las coacciones se lleven a cabo tienen que tenerse en cuenta como parte del coste del sistema total.
Entonces, sin comprometernos en comparaciones interpersonales de utilidad, el aspecto de suma negativa del sistema coactivo puede ser identificado y, al menos conceptualmente, medido, primero en términos del coste de todos los bienes descartados a causa de los recursos dedicados a lograr los medios de coacción y, en segundo lugar, el coste en términos de cualquier probabilidad de comportamiento particular del valor actual de los males que se producirían realmente si las coacciones se llevaran a cabo. Cuando introducimos consideraciones dinámicas en las funciones de bienestar o de valoración, las dificultades se acumulan y uno acaso desespera de encontrar siquiera soluciones parciales al problema. Por ejemplo, ¿cómo evaluamos las transferencias entre generaciones, o entre la generación actual y la posteridad? Si la generación actual realiza sacrificios con el fin de que sus descendientes tengan una vida más fácil, realmente esto es parte de la economía de donaciones intertemporales. La famosa pregunta, «¿Qué ha hecho la posteridad por mí?» debe tomarse seriamente. Realizar sacrificios para una posteridad distante es claramente la forma más pura que uno pueda imaginar de una economía de donaciones, ya que no puede haber vestigios de intercambio. La única respuesta concebible a esta pregunta es que, con el fin de establecer una identidad satisfactoria, se debe mantener algún tipo de comunidad, por muy incierta que sea, y descontada, no sólo con los propios tiempos, sino con toda la raza humana a medida que se extiende a través del tiempo y el espacio. Quizá uno podría apelar aquí también al principio de la reciprocidad en serie.
La generación actual ha recibido una amplia herencia de sus antecesores en forma de capital, conocimientos, artefactos, cultura, organizaciones, etc., que no podría haber creado por sí misma. Este regalo crea un sentido de obligación que sólo puede ser expresado conservando, e incluso aumentando, la herencia que pasará a la siguiente generación. Sin embargo, esto supone de nuevo algún tipo de comunidad que se prolonga a través del tiempo. Se piensa en la función de bienestar general como una gran montaña, que cada persona y la humanidad en general está tratando de escalar, «cuanto más arriba, mejor».
