
En la teoría económica tradicional, la montaña es empinada y está bañada por el transparente sol de la racionalidad dieciochesca. Hay vallas que la atraviesan de forma tal que no podemos llegar a la cima, siendo la valla lo que los economistas denominan «frontera de posibilidades»; aquella que divide lo alcanzable de lo no alcanzable. Sin embargo, siempre sabemos qué lado está arriba y vamos directamente hasta el punto más alto de la valla y, presumiblemente, permanecemos allí regocijándonos. Esta es la teoría del comportamiento maximizador. Siempre me ha entretenido pensar que lo que el economista denomina equilibrio de comportamiento, los psicólogos tienden a denominarlo frustración. El hombre económico que tiene una perfecta salud mental, continúa hacia su mejor posición alcanzable y entonces empieza industriosamente a cavar alrededor de los postes de la valla para mover ésta más arriba en la montaña. El hombre psicológico, habiendo alcanzado la valla que le impide el paso, patalea y grita y agoniza porque no puede subir por encima de ella.
Mi propia visión de la montaña del bienestar, «La Montaña del Señor», como la denomina el autor del salmo (Salmo 24:3), es muy diferente. Veo grandes partes de ella como una gran meseta con colinas, cubierta por niebla, en la que es bastante difícil saber si uno está subiendo o bajando, y en la que los lugares, aunque igualmente separados, pueden estar a la misma altura de obon. Bajo estas circunstancias, lo mejor puede ser el enemigo y la búsqueda legítima de lo mejor degenera en una incapacidad neurótica de estar contento con cualquier cosa, lo que conduce fácilmente a resbalar colina abajo en lugar de escalar colina arriba. Es más, veo esta meseta con acantilados, sitios donde el movimiento en nuestro espacio social conduce al desastre y a disminuciones catastróficas del bienestar, Incluso quizá a desastres Irrecuperables. Una de las mayores tareas del análisis evaluativo, para mí, es identificar estos acantilados y construir vallas «artificiales» a su alrededor.
Las vallas, por supuesto, son los «nos», las prohibiciones tanto éticas como legales, que surgen de la experiencia basada en la observación de personas, o incluso de sociedades enteras, cayendo por acantilados. Desafortunadamente, el caer por un acantilado es un mal método de aprendizaje sobre ellos. Y como no hay un método alternativo muy bueno para aprender sobre acantilados, no es sorprendente que nuestro conocimiento sobre su localización sea muy inadecuado. Construimos vallas donde no hay acantilados y dejamos peligrosos acantilados sin vallar. Estas dos condiciones son peligrosas. Si construimos vallas donde no hay acantilados, la gente eventualmente saltará por encima de ellas, no encontrará acantilados al otro lado y, así, decidirá que no hay acantilados en absoluto y, por lo tanto, puede correr alegremente a través de la niebla y caer en el siguiente acantilado. Lo que podría llamarse moralidad o legislación «de lujo» está lleno de ejemplos de este tipo. Otro pequeño trago no nos hará ningún daño, hasta que en un momento lo hace. La libertad puede conducir al beneficio o al desastre, dependiendo de las circunstancias. En este modesto punto de vista sobre el análisis evaluativo, por lo tanto, abandonamos la fútil búsqueda de la cima de la montaña del bienestar y nos concentramos en tratar de identificar sus acantilados; esto es, claramente, las regiones patológicas.
Volvamos, por lo tanto, al sistema de donaciones o transferencias unidireccionales y preguntémonos: «¿Podemos identificar lo que modestamente podríamos llamar ‘procesos probablemente patológicos’, o sistemas deteriorantes, en los que habrá un amplio acuerdo sobre que el proceso va de mal en peor, en lugar de mal en mejor?» Algunas veces he llamado a estos procesos «trampas», simplemente porque el principio del proceso, como el pedazo de queso en la ratonera, a menudo parece bastante atractivo; pero una vez embarcados en el proceso, la trampa se cierra y nos encontramos en un sistema deteriorante del que es muy difícil salir.
En mi libro The Meaning of the Twentieth Century4, por ejemplo, he identificado tres trampas principales de este tipo, que denomino, la «trampa de la población», la «trampa de la guerra» y la «trampa de la entropía». Un crecimiento demográfico sin restricciones puede frustrar cualquier desarrollo y conducir a la casi infinita proliferación de miseria humana. La confianza en la coacción y la contra coacción como medio de defensa produce una desastrosa proliferación de la producción de males. La utilización sin restricciones de los recursos naturales y el capital geológico puede significar que el desarrollo está simplemente acelerando el momento en que todo se acabará.
De la misma forma que el sistema total tiene sus «trampas», el segmento que estamos estudiando bajo el encabezamiento general de «economía de donaciones» también las tiene. Llamo a la primera «trampa del sacrificio». Una donación es un sacrificio que realizamos en interés de nuestra identidad, ya que ésta depende en gran medida de la comunidad con la que nos identificamos. Si esta comunidad demanda sacrificios, nuestra identificación con ella se refuerza. Es muy difícil para alguien admitir que sus sacrificios anteriores han sido hechos en vano y que la comunidad por la que han sido realizados no es merecedora de ellos. Resistimos coacciones a nuestra propia identidad. Por consiguiente, es fácil quedar encerrado en una identidad que puede demandar demasiado sacrificio.
