
La herencia, que es esencialmente una donación de los muertos a los vivos. Hacer testamento tiene alguno de los aspectos del establecimiento de una fundación. Un legado, sin embargo, es una forma de donación algo particular. Ciertamente, representa una donación para el recipiendario, ya que aumenta su valor neto. Prácticamente no puede decirse que disminuya el valor del donante después de muerto, excepto en el sentido de que la muerte elimina todo valor neto, al menos en la forma de bienes terrenales. Desde el punto de vista del recipiendario, la herencia, incluso en el sentido estricto de legado, es una parte importante de la economía de donaciones. En una sociedad en la que la esperanza de vida es de, por ejemplo, setenta años, y en la que hay una distribución igual de la riqueza entre grupos de edad, aproximadamente un 1/70 de la riqueza total de la sociedad se transmitirá por muerte y herencia cada año. Como los viejos son más ricos que los jóvenes, la proporción debe ser mayor; quizá tanto como un 810 por 100. Sabemos muy poco sobre la distribución de los ingresos por herencia, aunque esto es algo que debería correr a cargo de la investigación estadística. Una cuestión muy importante para la dinámica de la sociedad es si la herencia concentra o distribuye la riqueza. Fácilmente puede hacer ambas cosas, dependiendo de los hábitos de hacer testamento y de la estructura legal e impositiva. Los procesos de adopción de decisiones que conllevan los legados han recibido sorprendentemente muy poca atención por parte de los economistas y demás científicos sociales. Hay una cierta cantidad de conocimiento legal práctico, e incluso existen escuelas de formación que enseñan a los buscadores de fondos de las universidades y otras instituciones a aconsejar a los testadores potenciales sobre cómo evitar los impuestos, con la esperanza, quizá, de que parte de los impuestos evitados llegará a la institución asesora en forma de legado.
La teoría del legado no debería ser, en principio, muy diferente de la teoría de las donaciones en general, con la única salvedad de que el testamento contempla una situación en la que la donación es obligatoria y su cantidad total está determinada simplemente por los activos netos totales del testador. El proceso de adopción de decisiones sólo abarca la distribución de este total entre varios posibles recipiendarios. Esto va a depender principalmente del sistema de benevolencia y malevolencia; esto es, de la naturaleza de la estructura integradora y de la identificación del testador con otros. La frecuencia con que los legados pasan a los hijos y otros familiares es un testimonio de la poderosa estructura integradora que es la familia. Por otra parte, también puede haber malevolencia, como cuando se «deshereda» a un hijo descarriado, o cuando la coacción de desheredar se emplea como motivación para extraer un «tributo» de un hijo prácticamente perdido. Aquí existen algunos problemas de comportamiento muy interesantes que se han estudiado muy poco. No tengo datos sobre la proporción total de herencias que cada año pasa a miembros de la familia, pero debe ser muy grande. De hecho, el profesor James Morgan 11 ha concluido que la familia es, con mucho, el mayor componente de la economía de donaciones. Un indicador útil sobre las normas integradoras de la sociedad es el de que todas las sociedades tienen leyes sobre cómo disponer de las fortunas que se dejan intestadas y casi universalmente pasan a los familiares de sangre. La imposición sobre las herencias puede ser considerada como una expresión de estas normas, representando los derechos del Estado en contra de la familia, o de instituciones de beneficencia privadas, sobre el total de donaciones por herencia.
La herencia tiene otro aspecto más amplio que el de mero legado de «bienes terrenales». Cada uno de nosotros heredamos de nuestros padres el lenguaje, la cultura, la clase, así como los atributos genéticos de la raza, los defectos como la leucemia y, más dudosamente, las excelencias genéticas. También heredamos de la sociedad que nos rodea las catedrales, la literatura, la pintura, la música, los grandes logros del pasado que son parte de nuestra herencia. El principio de la reciprocidad en serie entra en acción aquí, ya que aquellos que son conscientes de esta herencia adquieren un sentido de comunidad con el pasado y, por tanto, también con el futuro; se preocupan no sólo de conservar sino también de aumentar la herencia que se pasa a la siguiente generación. Puede haber diferencias psicológicas personales muy agudas entre individuos y entre sociedades según el grado de este sentido de herencia y obligación con el pasado. Si la crianza de los niños y los procesos educativos son traumáticos, la deuda con el pasado puede no ser sentida en absoluto excepto como una carga, y no habría ningún interés por conservarla o transferirla.
De igual forma que existe el problema del impacto de la herencia sobre la distribución de la riqueza, también en su sentido amplio la herencia puede perpetuar, aumentar o disminuir las desigualdades existentes. El hecho de que yo haya heredado la lengua inglesa de mis padres, maestros y amigos, es un activo para mí, en el sentido de que el inglés es una lengua universal, que alguien que haya heredado el galés o el vasco tendrá que adquirir. Probablemente, el conocimiento de la lengua inglesa tiene un valor monetario para el individuo que podría estimarse. De igual forma, puedo heredar una religión, una nacionalidad y una cultura que pueden ser de mayor o menor valor para mí, y la herencia diferencial de estas cosas puede conducir fácilmente al aumento o la disminución de la desigualdad, dependiendo de la naturaleza del propio proceso. Si la herencia conduce a la desigualdad, puede ser necesario intervenir allí donde el aumento de la igualdad es un fin social. Podemos considerar el Head Start y otras medidas reformistas parecidas como casi equivalentes a un impuesto negativo sobre la herencia esto es, un tipo de subvención formada por impuestos negativos para aquellos cuya herencia cultural o genética es deficiente en algún sentido. Es evidente que la transferencia unidireccional, lejos de ser algo extraño o extraordinario en la organización general de la vida social, es una parte integral y esencial del sistema sin la cual, no sólo la comunidad sino la organización y la propia sociedad, serían virtualmente imposibles. La concentración de los economistas sobre el intercambio como organizador social, importante como es, les ha cegado frecuentemente con respecto a este hecho esencial.
