
Las fundaciones difieren de las empresas en que, siempre que permanezcan dentro de lo que generalmente es un marco legal bastante amplio, no existen unas normas muy claras mediante las cuales ellas o cualquier otro pueda juzgar si están teniendo éxito. Una institución que realiza beneficios en un medio mercantil tiene una medida de su éxito en su tasa de beneficio. Si tiene pérdidas continuamente, no sobrevivirá, y si realiza beneficios hay pruebas de que la institución está satisfaciendo una necesidad que puede expresarse a través de la economía de intercambio; esto es, está satisfaciendo una demanda al menos tan bien como pueda satisfacerla cualquier otro. Desde luego, esta hipótesis deja abierta la cuestión social principal de si todas las demandas son buenas, pero al menos dentro de un cierto marco restringido, existe un indicador del éxito bastante claro. Las fundaciones no tienen tales indicadores. Sin importar a quién o con qué fines hacen donaciones, siempre que permanezcan dentro de la ley y administren sus inversiones acertadamente, sobrevivirán. No hay prácticamente ningún proceso selectivo que elimine aquellas fundaciones con fines frívolos o improductivos, de la misma forma que existe para eliminar a aquellas empresas que no producen algo por lo que la gente está dispuesta a pagar. Como la supervivencia de la fundación no depende de la retroalimentación que adquiere sobre sus decisiones, tiene menos interés en obtener esta retroalimentación. Algunas veces he denominado «ley de Edsel» a esta falta de interés. Cuando la Ford Motor Company produjo el automóvil Edsel, pronto descubrió que la demanda no era la adecuada para justificar su producción. Había una retroalimentación muy rápida y, como resultado, el error fue corregido y se dejó de producir el Edsel. En contraste, si la Ford Foundation produjera un «Edsel», en forma de donaciones para fines que no fueran particularmente útiles para la sociedad o no produjeran los resultados apetecidos, la Fundación podría no enterarse nunca, o podría darse cuenta sólo después de un largo período de tiempo, y probablemente no cambiarían mucho sus políticas una vez que tuviera esta información. Esta ausencia de retroalimentación en las donaciones es un defecto grave que podría conducir fácilmente a estados patológicos en la economía de donaciones. Este es un punto en el que la economía de intercambio, donde la retroalimentación tiende a ser rápida, directa y utilizada, tiene una cierta ventaja.
Las fundaciones pueden decir, por supuesto, que el «éxito» consiste en la realización de los fines establecidos en sus estatutos. Sin embargo, estos fines son generalmente muy vagos y la cuestión de su deseabilidad social permanece sin resolverse. Hay muchas fundaciones, como la famosa de San Luis, que proporciona carretas cubiertas para los colonos que se dirigen hacia el Oeste, fin que ahora es obsoleto. Aunque hay otras muchas fundaciones cuyos fines pueden criticarse por su baja prioridad social, tales críticas rara vez se hacen y pocas veces son efectivas incluso cuando se hacen. No obstante, existe algo así como un «mercado» de donaciones. Cuando hay un gran número de donantes que se enfrentan a un gran número de potenciales recipiendarios, comienza a aparecer al menos una analogía con el mercado competitivo del sector de intercambio. Existe algo parecido a este mercado, al menos en los países más desarrollados, en el campo de las becas de investigación. La investigación está ampliamente reconocida como una actividad altamente merecedora del apoyo de las donaciones. El conocimiento científico es un bien público, ya que, una vez realizado el descubrimiento, está disponible para cualquiera que pueda comprenderlo. Por supuesto, esto no es necesariamente aplicable a los secretos comerciales, a la investigación de carácter reservado y a los procesos patentados, que se parecen más a los bienes privados; pero a pesar de todo, el principio es ampliamente aplicable al campo de la ciencia pura. Como produce un bien público, la ciencia prácticamente ha de ser mantenida por la economía de donaciones en lugar de la de intercambio. Lo que se llama «política científica》es en gran medida un problema de quién dará qué becas de investigación a quién y en qué condiciones. Si hay un solo donante, como el Estado o un solo organismo estatal, tenemos una situación de monopolio que puede conducir a una concentración indeseable de poder en manos del donante. Donde hay muchos donantes y muchos recipiendarios, el que no obtenga una donación de un organismo donante puede intentar obtenerla de otro. Por lo tanto, el recipiendario está menos a merced de los caprichos de un donante particular cualquiera y es mucho más probable que encuentre a alguien que apoye su idea. La lucha contra los monopolios es igual de sólida en la economía de donaciones que en la economía de intercambio. Incluso se ha sugerido que podríamos necesitar una «ley antimonopolios» para las fundaciones, y que debería haber un tamaño legal máximo para las fundaciones, en cuyo caso las grandes podrían tener que escindirse en un cierto número de fundaciones independientes más pequeñas. En realidad, la regulación estatal de las fundaciones tiene alguno de los aspectos de la regulación del monopolio privado. Como las donaciones están muy estrechamente ligadas al sistema político, las fundaciones casi podrían considerarse como una forma de Estado privado, y no es sorprendente que el sector público las observe con algo de aprensión y crítica.
