
El cuerpo de pensamiento conocido como «economía del bienestar» fue un valiente intento de tratar de incorporar contenido en la función general de bienestar, especialmente en la forma crítica de la ecuación, donde intentamos contestar a la pregunta: «¿Es el estado A del universo mejor o peor que el estado B, para la humanidad en general?» Incluso en el sentido formal, el intento fracasó. Samuel son demostró que nunca podríamos estar absolutamente seguros de que una combinación de productos fuera mejor que otra. Arrow demostró que no había una forma mecánica general de sumar preferencias individuales en una función de preferencia social o de grupo. Esto dejó la estructura formal casi en ruinas1.No obstante, el esfuerzo fue valioso y de ninguna forma debe descartarse. Y fue un intento de contestar a la pregunta: «¿Qué queremos expresar realmente cuando decimos que un estado del sistema es mejor o peor que otro, hablando profesionalmente como economistas?»
El concepto crucial de la economía del bienestar es el del óptimo de Pareto, llamado así en honor del economista italiano Vilfredo Pareto. Esto quizás se exprese más fácilmente en forma negativa: d sistema no se encuentra en el óptimo de Pareto si por medio de cualquier reorganización al menos una persona se encuentra mejor en su propia estimación y ninguna otra se encuentra peor en la suya. Esto evita el difícil problema de la comparatividad entre el bienestar de diferentes personas, y aunque produce un gran conjunto óptimo de variables sociales en lugar de un solo punto, al menos señala el camino hacia una definición bastante cuidadosa de los juegos de sumas positivas, o procesos de la sociedad, que hacen que todo el mundo se encuentre mejor o, al menos, no peor. No necesitamos especificar aquí las condiciones reales para un óptimo de Pareto; el lector puede encontrarlas en la literatura referente al tema2. Quizá el principal valor del óptimo de Pareto es que contribuye a la identificación de aquellas condiciones y procesos de la sociedad que son claramente patológicos.
Si, por ejemplo, hay alguna organización del sistema social que es teóricamente alcanzable y que haría que algunas personas estuvieran mejor y ninguna peor, entonces el sistema no es un óptimo de Pareto. Si la dinámica del sistema evita claramente cualquier movimiento de acercamiento hacia el óptimo de Pareto y, de hecho, crea un alejamiento, entonces hay una prueba casi concluyente de que esta dinámica particular es patológica. Vemos esto, por ejemplo, en cosas tales como el juego del «dilema del prisionero»3, en el que la dinámica de la situación, como, por ejemplo, en una carrera de armamentos o una pelea, empuja a las dos partes, de posiciones en las que ambas estaban mejor, a posiciones en las que ambas se encuentran peor. En muchas situaciones sociales es bastante fácil postular otra condición en el sistema en que casi todo el mundo se encuentra mejor de lo que está ahora; si la dinámica del sistema se mueve en la dirección opuesta, es patológica, sin lugar a duda.
A pesar de toda la utilidad del concepto, el análisis formal del óptimo de Pareto tiene algunos defectos graves. Supone, en primer lugar, que las preferencias de los individuos están dadas, no pueden investigarse más y no están sujetas a cambios. Desde cualquier punto de vista de la dinámica social, esto es completamente irrealista. La verdad es que las preferencias se aprenden en el curso de la socialización del individuo. Ajustamos nuestras preferencias a nuestras oportunidades, de la misma forma que buscamos ajustar nuestras oportunidades a nuestras preferencias. Esto es lo que algunas veces he denominado principio de las «uvas amargas»: si descubrimos que no podemos obtener algo, decidimos que no lo queremos. Toda la filosofía budista, en realidad mucha de la filosofía oriental, está basada en el principio de que la forma de obtener lo que quieres es no desear demasiado. Incluso a niveles más mundanos, todo el aparato de lo que podría llamarse la «industria de la persuasión» publicidad, venta, sermoneo, propaganda, educación, argumentos, etcétera está dirigida a cambiar las preferencias de las personas; así, parece particularmente desafortunado desarrollar una teoría basada en el supuesto de que las preferencias no cambian.
Por otra parte, también tenemos que admitir que, si hemos de evaluar los cambios de preferencias, tenemos que tener algún sistema de superpreferencias por medio de las cuales evaluar el cambio, de forma que quizá tengamos que volver a Pareto al llegar a este punto. En realidad, consideramos algunas formas de persuasión como más legítimas que otras. También nos encontramos a menudo con fuertes convicciones de forma tal que algunas preferencias, incluso las nuestras, son imprudentes. Toda la distinción de la filosofía moral práctica entre las pasiones y la voluntad sugiere que hay al menos dos niveles, y quizá más, a los que se pueden realizar evaluaciones; esto es, un conjunto de preferencias, que constituyen las pasiones, puede criticarse por medio de un conjunto superior que constituye la voluntad.
Otra debilidad de la economía paretiana del bienestar es que tiende a dar por sentado el «egoísmo» es decir, la independencia de las funciones de bienestar individual, el cual supone que el bienestar de una persona no se ve afectado por sus percepciones del bienestar de otras.
