La benevolencia en las donaciones

La benevolencia puede medirse por medio de la «tasa de benevolencia», siendo esta tasa, para A con respecto a B, la cantidad que A sacrificará con el fin de percibir que B está mejor en alguna cantidad unitaria. Si pensamos en términos de una medida monetaria, si A está dispuesto a dar 20 centavos para percibir que B se encuentra mejor en un dólar, su tasa de benevolencia hacia B es 0,2. Una tasa negativa de benevolencia es, lógicamente, una tasa de malevolencia. Si la tasa de benevolencia de A hacia B es 0,2, esto significa que A estaría dispuesto a pagar 20 centavos para percibir que B estaba peor en un dólar. Si a Estados Unidos le cuesta 4 dólares producir daño por valor de 1 dólar a Vietnam del Norte, la tasa de benevolencia de Estados Unidos hacia Vietnam del Norte es aproximadamente 4. El egoísmo sería simplemente una tasa de benevolencia de cero. Esto es, A no estaría dispuesto a sacrificar nada a fin de percibir que B se encuentra mejor o peor en un dólar. El egoísmo en este sentido sólo es probable entre personas que no se conocen y no tienen relaciones. En el momento con que las personas entran en relación tienden a manifestar un cierto grado de benevolencia o de malevolencia.

No es demasiado difícil desarrollar un concepto de óptimo de Pareto ampliado para tener en cuenta la benevolencia y la malevolencia. Mientras que el óptimo de Pareto, en sentido estricto, se confina enteramente a la economía de intercambio, el óptimo de Pareto ampliado evidentemente ha de incluir las donaciones. La condición formal para el óptimo ampliado es que cada relación bipartita debe continuar hasta el punto en que cualquier ampliación posterior de la relación o las transferencias sería considerada, al menos por una de las partes, sólo como una incorporación de tanta utilidad adicional como pagó en utilidad. Teóricamente, esto daría algún tipo de óptimo, o al menos un conjunto óptimo, de matrices de donaciones; siendo la matriz de donaciones una matriz que muestra las donaciones totales entre dos pares cualesquiera de personas, de igual forma que el óptimo de Pareto tradicional da un conjunto óptimo de matrices de intercambios.

Si los regalos originados por la benevolencia fueran la única forma de donación, quizá pudiéramos dejar el tema en el punto actual del análisis. Desafortunadamente, sin embargo, como hemos visto, las donaciones provienen tanto de las coacciones como de la benevolencia. El problema de ampliar el tipo de concepto de óptimo de Pareto para que incluya el tributo no es de ningún modo sencillo. Como vimos, no debemos descartar el sistema de coacciones como totalmente patológico, porque incluye coacciones legítimas, por ejemplo, en el sistema fiscal o en el sistema legal en general, que ciertamente aumentan el bienestar general. No obstante, uno tiene la sólida intuición de que el sistema coactivo está muy ligado a procesos dinámicos patológicos, y que una sencilla ampliación de los principios paretianos para incluir el sistema coactivo está obstaculizado por el hecho que ya hemos señalado: que en el álgebra de los sistemas sociales dos negativos no son lo mismo que un positivo, y que la abstención de producir un mal no puede considerarse equivalente a producir un bien. Así, supóngase que volvemos a la relación bipartita, y supóngase que A, al coaccionar a B, induce a éste a donarle un bien. Las condiciones formales para el óptimo de Pareto ampliado pueden cumplirse cuando, por ejemplo, B amplía la donación hasta el punto en que una ampliación posterior sería considerada como no merecedora del valor de la oportunidad de perder si A lleva a cabo su amenaza. B está ponderando aquí un cierto coste de sumisión a la coacción en contra del coste incierto de negarse. Sin embargo, esto supone simplemente la existencia de la coacción y olvida el hecho de que la realización de la coacción, en primer lugar, tiene un coste inicial; esto es, crea «capital negativo».

Esta situación, incidentalmente, ilustra otra debilidad del óptimo de Pareto clásico; supone que toda la utilidad o las funciones de bienestar son continuas y no tiene en cuenta las discontinuidades ni las funciones escalonadas. En el caso de la coacción, su desafío puede ser total o nulo, aunque puede ser un desafío en respuesta a una demanda de incrementar el tributo marginalmente. Un incremento marginal del tributo puede tener que ser compensado con la oportunidad de las consecuencias no marginales del desafío. Si B niega el dólar extra, A puede caerle encima con toda la capacidad de su amenaza. Parece no existir una vía para efectuar una evaluación social de la coacción sin realizar comparaciones interpersonales de utilidad, que la economía del bienestar generalmente trata de evitar. Si, no obstante, hemos de desarrollar una función de bienestar general, realmente no hay forma de que se puedan evitar estas comparaciones interpersonales y evaluaciones personales. Así, en el ejemplo anterior, en el que suponemos que B está realizando una transferencia a A bajo condiciones de coacción, si la función de bienestar social de A se valora muy altamente, de forma que un aumento en su bienestar tiene una ponderación muy alta, mientras que B está considerado como un no bien y como un individuo menos valorado cuyas cualidades no importan mucho, entonces nuestra evaluación social preferirá la condición en que B pierde algo que no importa mucho y A gana algo que sí importa. Las apologías sociales de la explotación, el imperialismo y otras formas de transferencia inducida por coacción, siguen este tipo de razonamiento.

EPILOGO EN TORNO A LAS TENDENCIAS EN EL TIEMPO DE LAS DONACIONES

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