La mano invisible detrás del impulso al arte abstracto del S. XX en Nueva York

La  notable colección de arte que el filántropo estadounidense Solomon R. Guggenheim (1861-1949) donó a la fundación que lleva su nombre,  deja sin aliento tanto a los más entendidos  como a los que la contemplan por vez primera. Obras vibrantes y dinámicas que comparten el estilo abstracto y que hoy,  pueden ser visitadas en el Museo Guggenheim de New York. Un legado que Mr Solomon hizo posible y alentó,  no solo con fondos sino además  con  cercanía sincera y afectuosa  a los artistas que apadrinó. Una pasión que se convirtió en su aporte personal al conjunto tan disímil y fascinante que engloba el arte contemporáneo.

En el invierno de 1949, fallecía Solomon Guggenheim en la ciudad de Nueva York. El arte abstracto contemporáneo perdía a su más grande mecenas, un hombre enamorado de todo aquello que en el campo de la pintura suscitara belleza al ojo humano e insuflara vida y aire renovado a la mente, a las ideas y al espíritu del hombre. Un legado que,  por supuesto, y sabiendo que algunos lo entenderían y otros no, fue el pie para construir un Museo -que lleva su nombre- con el objetivo de albergar el conjunto de obras que coleccionó en vida, por amor al  arte y que, luego de su muerte, deseaba compartir también con el mundo.

Solomon Guggenheim y su esposa, Irene Rothschild Guggenheim, fueron ávidos coleccionistas de arte. Una pasión que desarrollaron juntos como matrimonio en la década de 1890 y que, según afirmaron los mismos protagonistas ,  los hizo muy felices.  Una actividad para la cual afirmaron,  es necesaria la pasión genuina por el arte y también, contar con esas habilidades humanas poco exploradas a la hora de las decisiones más acertadas: la intuición y la certeza en la confianza por el gusto personal. 

En los inicios, el matrimonio Guggenheim caminó las sendas más  trilladas del coleccionismo, ese sendero al que siempre se volcaron  las personas de la clase alta con  particular inclinación hacia  la sofisticación y el  refinamiento: la escuela francesa de Barbizon, los maestros antiguos,los bellos y bucólicos paisajes estadounidenses y los grabados de Audubon. Fue recién en  1927 y pronto a cumplir sus 70 años, que Solomon, se sintió atraído por el arte moderno y su fascinación fue total . Un impulso que según él mismo contó, “lo hacía feliz y lo llenaba de alegría y que por ello, deseaba compartir con todos”.

Los viajes exploratorios en búsqueda de esos tesoros aún  por descubrir

En 1930, los Guggenheim viajaron con  su amiga, la pintora alemana  Hila Rebay a varios países de Europa para ver ,disfrutar y entrar en contacto con nuevos artistas y coleccionar arte. Así, conocieron a Kandinsky en Dessau, Alemania, cuando este era  profesor de  la Bauhaus. Una oportunidad excepcional en la que el instinto de Guggenheim le “obligó” a comprar Composición 8 ( Komposition 8 , 1923). Luego, durante las dos décadas siguientes,el matrimonio coleccionó de modo sistemático, lo que ya habían descubierto como eje vital o hilo invisible de su anhelo de coleccionistas: el arte no objetivo. 

Así, obras de Delaunay ,  László Moholy-Nagy,  Marc Chagall,  Modigliani, Albert Gleizes, Fernand Léger , Bauer y Kandinsly se sumaron a su colección personal. Durante este tiempo, también se vincularon de forma estrecha   con el galerista Karl Nierendorf , cuya colección privada , tiempo más tarde pasaría a formar parte del acervo de la Fundación Guggenheim.

En relación a su afán de  coleccionista en esa época en particular de su vida,  Guggenheim afirmó: « Los más entendidos  me repetían una y otra vez, que estas cosas modernas eran material de descarte,  pura basura. Pero a mi, me gustaron, me enamoraron por completo y  mi instinto artístico me hizo comprender que  este arte moderno tenía su belleza propia. Es más,  llegué a sentir estas obras , estas pinturas de un modo tan  profundo que quise tenerlas bien cerca y  que compartieran mi vida diaria ,  que vivieran conmigo».

La vida diaria en sintonía con el arte abstracto

A principios de la década de 1930, cuando la gran depresión sacudió al mundo, los Guggenheim, ante la debacle, se blindaron con el arma del arte. Para ello, transformaron algunas de las tantas suites de lujo que rentaban en el Hotel Plaza en verdaderas galerías de arte improvisadas. Allí,  comenzaron a exhibir  su creciente colección personal, la cual estaba  abierta al público mediante la solicitud de cita previa. La vasta colección de los Guggenheim también decoraba la intimidad de su  casa de campo en Long Island, pero no estaba abierta para el deleite del público. Hoy, la colección completa es admirada y celebrada en el icónico Museo que lleva su nombre en Nueva York.

Hacia el final de su vida, Guggenheim demostraría a quien le consultara ,  su fuerte convicción acerca de que en materia del arte, siempre hay que hacerle caso a la voz que resuena en el interior y guía las búsquedas  personales de belleza .  Y dejaría bien en claro que  su «decisión intuitiva y su enorme  fe en este arte llamado [no objetivo]», darían su fruto a tiempo y serían fuente de inspiración y felicidad para todos aquellos que como él,  las contemplaran. 

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