Manos sosteniendo figuras de papel de personas de colores unidas en círculo alrededor de un globo terráqueo.

La importancia de ir a contrarreloj y  donar grandes sumas de dinero en vida

Sostenía que morirse rico era la mayor desgracia para un mega millonario. Fundador de un vasto imperio comercial, Charles Feeney vivió en las antípodas de un mega rico.  Su meta fue dar y donar todo hasta quedar en cero. Así, entregó antes de morir,  8MM de dólares a diferentes causas sociales y humanitarias. 

En 2023, una noticia impactó fuerte entre la gente del selecto mundo de las finanzas y los negocios  de los Estados Unidos y más allá:  Charles “Chuck” Feeney, uno de los hombres más  generosos del planeta, había muerto.  A sus 92 años, Feeney murió de modo similar a como había vivido: refugiado en el  anonimato ,en el silencio tranquilo de su hogar y más libre de dinero que una paloma.  En medio de una austeridad imposible, Feeney expiró en el  modesto departamento que rentaba desde siempre en un barrio común de San Francisco, California, donde vivía sin  grandes lujos , con su  esposa de toda la vida,  Helga.

Hombre admirado y respetado por sus colegas empresarios , supo  alcanzar la estatura de  leyenda viva en el ámbito financiero global. Y con razones de sobra.  En este mundo tan terrenal y apegado a lo material , la vida de Feeney , que transcurrió en medio de un  ambiente donde el dinero lo es todo, fue signo de contradicción.  El contraste arrollador de su estilo sencillo , austero y desprendido -que alcanzó magnitudes estratosféricas- no encontraba relación alguna con el volumen de su cuantiosa fortuna: una friolera de dólares que desde 1988 , según el ranking de Forbes lo ubicaba,  sin decaer un escalón,  entre los 400 más ricos de su país. 

Su  reloj preferido, que no reemplazaba por otro más lujoso ni en  ocasiones especiales, valía no más de 15 dólares.  Su ropa, por supuesto , no seguía la línea de las grandes marcas ni las modas . A la hora de viajar,   siempre elegía su asiento en  tercera clase y además de no poseer casa propia, tampoco tenía auto. Su esposa, gran compañera de vida, no era de reclamarle viajes ni vestidos, ni mansiones. De hecho, por ósmosis, convicción personal o amor verdadero,  profesó la misma filosofía de vida que su marido: dar y  contribuir en grandes causas, hacer mejor la vida de la gente. 

El único tesoro que tenía valor  para el matrimonio y del cual  no se avergonzaban de presumir  fueron cada uno de sus cinco hijos. Los Feeney sabían que tenían todo en la vida y el dinero, fue para ellos tan solo una buena excusa para ayudar.  La clave, era que siempre las donaciones debían hacerse  al mejor estilo Feeney: con  precisión y  estrategia quien sabe hacer negocios con arte y maestría, encontrando el momento oportuno para dar el golpe multiplicador de la esperanza.

La filantropía, una pasión secreta y no tanto

A pesar de su fortuna infinita, Feebney cuidaba cada centavo como si fuera único y como si a alguien más tuviera que rendirle cuentas de su adecuado manejo. En este sentido,  rompió todos los moldes con su particular punto de vista en relación a las riquezas, visión que desarrolló luego de encontrar inspiración  en el pensamiento de Carnegie. La lectura profunda del ensayo “El evangelio de la riqueza” resultó un parteaguas en su vida y por esta razón- la de dar hasta el extremo- fue visto por algunos como alguien que había perdido el juicio, pero para otros, fue un verdadero ejemplo, un modelo a imitar,  en particular  para otros a mega millonarios como él.  

Durante los primeros 15 años como filántropo, su pasión fue hacer donaciones en secreto. Pero en 1997, tuvo un momento revelador y definitivo, que le hizo dar un paso adelante y salir de su zona de confort. Feeney entendió la importancia de salir al mundo para ser testimonio vivo de cuanto es posible realizar en favor de los menos favorecidos. Durante un reportaje para la revista Forbes, Feeney fue tajante, y contundente : “ Desde mi punto de vista, quien posee mucho dinero, mucho más de aquel que necesita para disfrutar de un buen pasar, posee también -tácitamente- una obligación y responsabilidad social ”, comentó en aquella oportunidad.

 A modo de espadachín, su discursó tenía como objetivo persuadir con técnica letal  y estocadas precisas,  a las nuevas generaciones de filántropos a seguir su camino. Es decir, convencerlos de realizar sus donativos más grandes  en el presente y no en los tiempos de la vejez, dado que, hacerlo lo antes posible, les acarrearía grandes recompensas de tipo inmaterial que no se comparan con lo que puede producir en el corazón el dinero. Ver, por ejemplo, como muchos jóvenes estudian y reciben un título y cambian sus vidas o cómo al invertir en proyectos de investigación, se consiguen resultados con impacto duradero y positivo en la salud y en la calidad de vida de muchas personas. 

Feeney, les regalaría a los jóvenes filántropos,  el secreto o la llave de su felicidad de hombre rico, un salvavidas para no caer en el abismo sin fondo del sinsentido de la vida cuando se ha conseguido ser mega millonario a temprana edad: les propuso hacer sus donaciones más  importantes en esa etapa de la vida donde todavía se puede gozar de la plenitud y vitalidad de los años jóvenes. Momento en que se  puede aprovechar el talento, la intuición, la inteligencia y los contactos para generar un impacto trascendente, perdurable y  significativo allí donde el mundo más lo está  necesitando.

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